
De toda la vida he sido pequeña, pequeñísima. Con mi escaso metro sesenta voy por la vida, tan feliz. Muchas cosas me vienen grandes, a muchas otras no llego, a otras tengo que subirme a esa espantosa altura, a pesar de mi vértigo. Sin embargo, mis pasos hacia delante no tienen nada de pequeños. Voy a pasos de gigante, siempre avanzando, aunque con dificultad. A veces me gusta donde llego, así que me quedo un ratito. Pero siempre sigo.
Cuando vas sola, vas a tu ritmo, sin excusarte por qué vas a ese paso o por qué vas tan rápido.
Ahora, sin embargo, voy contigo. Y tú, día a día, vas ayudándome a formar mi camino, nuestro camino. Y si me retraso, me esperas. Si me adelanto, me llamas. Si me canso me llevas en brazo, donde no hay vértigo alguno, y si tropiezo me sujetas. Siempre me das la mano cuando hay un escalón, y si hace falta me alzas en volandas.
Si se derrumba un edificio en medio del camino, que nos pone en peligro, tú me proteges con tu cuerpo, y si se inunda, me ayudas a nadar.
Si me gusta ese lugar, ese trocito del camino, te sientas conmigo a ver como se pone la luna y sale el sol, o viceversa. Me abrazas al ver todo lo que hay por delante, cuando se nos enseña la película de nuestra vida. Me gusta, y te gusta, porque así es cómo la vamos construyendo.
Y al llegar la noche, construyes ese fuerte donde no pueden pasar los malos, y así me duermo segura sabiendo que no dejarás que nadie se interponga entre tú y yo.
Y lo más bonito de todo, es que ni siquiera veo el final de ese camino....fíjate en lo que nos queda.
