"Si uno se deja domesticar, corre el riesgo de llorar un poco". El principito.

lunes, 28 de marzo de 2011

Ways.






De toda la vida he sido pequeña, pequeñísima. Con mi escaso metro sesenta voy por la vida, tan feliz. Muchas cosas me vienen grandes, a muchas otras no llego, a otras tengo que subirme a esa espantosa altura, a pesar de mi vértigo. Sin embargo, mis pasos hacia delante no tienen nada de pequeños. Voy a pasos de gigante, siempre avanzando, aunque con dificultad. A veces me gusta donde llego, así que me quedo un ratito. Pero siempre sigo.
Cuando vas sola, vas a tu ritmo, sin excusarte por qué vas a ese paso o por qué vas tan rápido.
Ahora, sin embargo, voy contigo. Y tú, día a día, vas ayudándome a formar mi camino, nuestro camino. Y si me retraso, me esperas. Si me adelanto, me llamas. Si me canso me llevas en brazo, donde no hay vértigo alguno, y si tropiezo me sujetas. Siempre me das la mano cuando hay un escalón, y si hace falta me alzas en volandas.
Si se derrumba un edificio en medio del camino, que nos pone en peligro, tú me proteges con tu cuerpo, y si se inunda, me ayudas a nadar.
Si me gusta ese lugar, ese trocito del camino, te sientas conmigo a ver como se pone la luna y sale el sol, o viceversa. Me abrazas al ver todo lo que hay por delante, cuando se nos enseña la película de nuestra vida. Me gusta, y te gusta, porque así es cómo la vamos construyendo.
Y al llegar la noche, construyes ese fuerte donde no pueden pasar los malos, y así me duermo segura sabiendo que no dejarás que nadie se interponga entre tú y yo.
Y lo más bonito de todo, es que ni siquiera veo el final de ese camino....fíjate en lo que nos queda.

martes, 8 de marzo de 2011

Mi sueño.


Me gusta abrir los ojos y encontrarme en tu habitación, en tu cama, abrazada a ti, y sentir tu mano agarrada a mi cintura. Me gusta sentir tu piel junto a la mía bajo las sábanas, sentir el calor que desprendes, saber que no nos separa absolutamente nada. Me gusta observarte mientras duermes, con esa carita que no da lugar a preocupación alguna. Me encanta oír tu respiración, apoyarme en tu pecho sabiendo que es mío, sólo mío, y subir y bajar según tu corazón. Te miro, y ahí en la penumbra de las ocho de la tarde, con mi estómago rugiendo de hambre por las calorías quemadas y la nariz fría a causa de tu piso helado, siento que no cambiaría ese instante por nada del mundo, ni por todos los libros de Coelho existentes, ni por ocho mil capítulos de Bob Esponja. En ese momento, el reloj de la humanidad se para con el fin de darme permiso para perderme entre tus brazos, sabiendo que en poco una vez más... todo se desvanecerá.